Una mañana de esos mismos días de diciembre. Casa de
Verónica.
No ha vuelto a tener
noticias de Alberto en los últimos días. Y quiere. Quiere saber qué ha pasado
con él, con lo de aquel estado. Decide entrar en Tuenti, es temprano, pero da
igual. Hoy no ha ido al instituto y tiene tiempo. Para su sorpresa, está
conectado al Chat.
─ Hola Alberto. ¿Cómo estás?
─ Hola Vero. Bien, ¿y
tú?
─ Cansada, jaja ─intenta
parecer alegre, pero no lo consigue ni por Internet. Su instinto no le predice
nada bueno.
─ Y yo... Vero, te tengo
que decir una cosa.
─ Dime ─suelta seca
y expectante. El corazón se le acelera. Alberto no es de los de
"tenemos que hablar".
Los "escribiendo" son largos, lentos, o por lo menos a ella se lo
parecen. Quiere saber enseguida qué le quiere contar. Pero no, por otra parte
no quiere. ¿Y si es malo? Seguro que lo es. No quiere saberlo... ¡Que pare! Se
va a desconectar del Chat para evitar lo que se viene encima.
─ Tengo novia.
Y así, como un susurro en medio de alta mar, las palabras llegan a los ojos de
Verónica, que contempla la frase una y otra vez, incrédula.
Decide hacerse la dura, contestar
rápido, como si no le afectara ni lo más mínimo lo que el muchacho le acaba de
anunciar.
─ ¿Quién es la pobre afortunada? ─dice irónicamente.
Alberto no responde, se limita a poner tres puntos suspensivos que empiezan a
cabrear más y más a la chica.
─ Mónica, ¿verdad? Ya te
han comido el seso...
─ Nadie me ha comido nada,
es mi decisión.
─ Está bien. Adiós.
Pero no se conforma con eso. Ha jugado con ella y después la ha rechazado por
una chica a la que a penas conoce. Está muy enfadada, con él, con ella, consigo
misma...
¿Cómo ha podido ser tan
tonta?
Entre tanto, un muchacho
que bien aparentaría unos veinte años que ni conoce en persona, le habla como
de costumbre con un saludo que ella encuentra adulador y hasta empalagoso,
siempre igual. "Hola, perla." le dice acompañado de un icono muy
feliz. Pasa de él nuevamente como cada día.
Se desconecta del Chat, ya que no
quiere arriesgarse a que Alberto entre en detalles o que alguien, en su
ignorancia, tome la fatal iniciativa de hablarle, y ella se vea obligada a
soltarle algo borde. Pero no cierra sesión. Le envía a Alberto un par de
mensajes privados malsonantes, llenos de insultos y críticas que ella encuentra
muy constructivas. Sí, le ayudarán a ver que es un verdadero cabrón.
Pero al contrario de lo que ella
pensaba, él le responde. Y le responde de la misma forma. Mensajes llenos de
injurias que denotan un absoluto desprecio hacia todo su ser. No lo entiende,
él no es así. En la conversación se le veía avergonzado, no colérico y
despreciante como ahora. Da igual, entre sollozos y llantos descontrolados
también cae en el juego de la ira y continúa con la conversación por mensajes
privados.
Después de mantener una
discusión extraña que por fin se da por acabada cuando se bloquean mutuamente,
recibe otro mensaje de la hermana de él, Diana, que en otros tiempos habían sido
amigas. Defiende que deje en paz a su hermano y a su cuñada.
Este mensaje hurga más en la herida de
Verónica. No lo soporta, los borra a los tres de las redes sociales. Sin darse
cuenta, estas acaloradas discusiones ya habían ocupado la mayor parte de la
tarde de ese día de diciembre.
Y al fin, cae la noche.
Hora de pasear a su perro, Dastan. Se le hace raro que Alberto no esté ahí.
Pero ya está, se ha acabado. No más noches a su lado cogidos del brazo
alimentando ilusiones, ni esas otras tantas pensando en él.
Se mete en casa, hace fresco, pero sin
llegar a ser tan desagradable como el frío invernal de otras veces. Sube a la
terraza a dejar al perro. Juguetea un momento con él y una pelota de tenis. Es
allí donde se despeja en abundantes ocasiones del mundo que la rodea, oprime y
entristece.
Se está bastante bien.
Ha parado de llorar desde las ocho de la tarde que se ha cansado y ha pasado a
ser únicamente enfado acompañado por pasotismo. Mira por una de las ventanas al
norte. Sopla el viento, no es nada cálido, se tapa con el abrigo fuertemente y
mira al horizonte.
─ Pues vaya mierda de día... ─susurra para sí en la oscuridad.
No quiere saber nada más de él. Ni de ella. Ni de sus supuestos amigos. De
nadie.
Entonces, continuando asomada a la
ventana, perdida en la melancolía, jura que jamás volverá a tener nada que ver
con ese universitario cabrón de veintidós años.
Al mismo tiempo y casi acompañando el
compás de su voz, suena el sonido de un nuevo mensaje de Chat. ¿Se ha dejado el
Tuenti conectado en el móvil? Sí, tiene un mensaje, ¿de quién será? Cree
oportuno desconectarse, sea quien sea, pero por alguna extraña razón no lo
hace.
Y otra vez. Es Miguel.
El muchacho que acostumbra a hablarle casi cada día casi a la misma hora y que,
simplemente, resulta irritante.
─ Hola, perla.
Qué coincidencia. Pensándolo bien nunca se ha parado a ver sus fotos
detenidamente. ¿Es un muchacho de unos veinte años de pelo castaño y ojos
azules, no?
Se entretiene en el quicio de la
ventana con el móvil mirando las fotos de aquel chico que ni conoce en
persona.
Es guapo, no está mal.
Parece un poco bajito ahora que lo mira estando más interesada. Y no aparenta
tanto, con esa estatura, tiene más bien cara de niño.
─ Hola, guapo. ─ Responde acompañando también la frase con una carita
amarilla feliz.
Y, junto a la ventana en un día de diciembre, hablaba con Miguel y, gustándole,
gritó de tal manera que le debió oír hasta la población de las Islas Canarias:
─ ¡Al universo pongo por testigo que Miguel Carrasco será mi próximo amor!